Luego del destape de Ocram -ahora como una suerte de Michael Moore de la cholósfera en su nueva aventura vloggera- (ver el Detrás de cámaras de Laura Bozzo), cabe preguntarse por el fraude, por los testimonios armados y falsos. Ya en un post anterior habíamos hablado de nuestro gusto por la telenovela, que cambia, transmuta en este nuevo género, el talk/reality show: triángulos amorosos representados por la verdadera gente como uno (los «ciudadanos de a pie», la «gente del barrio», etc.), y no por los galanes y modelos habituales. ¿La gente cree que realmente lo que está viendo es real? Yo he encontrado en diversos viajes por el interior del país casi un 50/50 de opiniones. El problema sería entonces, no que lo crean real o falso, sino que lo vean.
Laura Bozzo además vende su programa al extranjero como «el Perú real», muestra a los peruanos como desdentados, violentos, promiscuos, cínicos, etc. Ya es conocida la anécdota de los migrantes a los que les preguntan qué es una pollada.
De nuevo, ¿el problema es el montaje, la actuación? Revisando entre mis notas, encuentro un artículo del New Yorker de Louis Menand, Nanook and me, sobre la tradición de los documentales. A raíz de las críticas del documental de Michael Moore (el firme, no Ocram) Fahrenheit 911, Menand rastrea en los primeros documentales (como Nanook of the North, filmado en 1914, pero exhibida en 1922) una práctica común en un género cinematográfico que se vende como un registro que «te muestra lo que no estaba estipulado que pudieras ver». Supuestamente el documental se plantea a sí mismo como neutral, una visión de lo real. Pero, como se demuestra justamente con Nannook of the North, esta película es un fraude. Todo, el iglú, la cacería de morsas (que había dejado de ser una práctica entre los inuit para el tiempo del documental), etc., falso, montaje.
¿Dónde radica el problema? ¿Debemos pedirle a Laura Bozzo que muestre casos reales? ¿Que diga la verdad? Decir que los televidentes estaban engañados quizá sea subestimarlos. Quizá se la creen por un rato (como quien va al cine).
Quizá el problema no esté en ella, sino en el consumo. En el discurso que es naturalizado (sea cierto o falso el testimonio que pasen por televisión). Un discurso violento, conservador, que se disfraza de feminismo, pero por el contrario prioriza una práctica agresiva, que estimula el consumo de la violencia.
Y que a todos gusta.
(Quizá el caso más parecido al de Laura Bozzo sea el descubrimiento del «detrás de cámaras» de la corrupción fujimorista. Todos sabían que los transfugas se cambiaban de bando por algo. Todos sabían que Vladimiro Montesinos era el dueño del país. Pero tuvo que ser justamente el vladivideo de Kouri con el asesor presidencial el que destapó a todos del sueño de la razón televisiva)
Ver más: Nanook and me, Louis Menand
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[…] Entonces toda la televisión se ha colgado de estas historias ¿reales? ¿hasta qué punto lo que vemos es real y no ficticio? En un post lejano, ya añejo pensaba sobre esta ficcionalidad en las producciones realistas: De nuevo, ¿el problema es el montaje, la actuación? Revisando entre mis notas, encuentro un artículo del New Yorker de Louis Menand, Nanook and me, sobre la tradición de los documentales. A raíz de las críticas del documental de Michael Moore (el firme, no Ocram) Fahrenheit 911, Menand rastrea en los primeros documentales (como Nanook of the North, filmado en 1914, pero exhibida en 1922) una práctica común en un género cinematográfico que se vende como un registro que “te muestra lo que no estaba estipulado que pudieras ver”. Supuestamente el documental se plantea a sí mismo como neutral, una visión de lo real. Pero, como se demuestra justamente con Nannook of the North, esta película es un fraude. Todo, el iglú, la cacería de morsas (que había dejado de ser una práctica entre los inuit para el tiempo del documental), etc., falso, montaje. (Laura and me) […]